La Cumbre de Durban ha finalizado con unos resultados que, a mi modo de ver, sólo nos conducen a la más terrible de las catástrofes medioambientales: nada más que la prórroga al Protocolo de Kioto, y la promesa de volver a reunirse en el futuro (según los más pesimistas, podríamos tener que esperar otros 20 años para tener una oportunidad como la que acaba de dejarse escapar).
Tristeza, rabia, resignación… son algunos de los términos que mejor definen la situación actual del medio ambiente, en la que nos han puesto aquellos que se supone que deberían gestionar más razonablemente el patrimonio de todos, que es el planeta. De todas las grandes ideas, las propuestas y alternativas que podrían haber salido de esta Cumbre de Durban, como puede ser la gestión óptima de las renovables o la democratización de la energía, nos hemos quedado en poco más que una promesa vana de un futuro incierto. Eso sí, las naciones interesadas en conseguir no tener límites a la hora de generar CO2 están de enhorabuena, porque la ausencia de acuerdos al respecto provoca que tengan vía libre en ese asunto, lo que puede resultar muy pero que muy peligroso.
Ojalá que al menos dentro de la UE se llegue a algún tipo de solución para controlar hasta cierto punto el futuro que está por llegar: tal vez no crear acuerdos comerciales con naciones demasiado contaminantes sería un buen paso para ejercer una presión adecuada.
Foto: Cherry
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